jueves 26 de enero de 2012

Las hormigas ya no son las mismas¡¡¡¡



Las hormigas ya no son las mismas¡¡¡¡
  Esto no es un plagio, sino un ejemplo de intertextualidad, o si ustedes prefieren es un claro exponente de cómo los mensajes que nos transmiten las fábulas pueden ser interpretados de muchas maneras. En este caso vamos a asistir a una distorsión de la clásica moraleja que nos transmite la conocida fábula "La cigarra y la hormiga".

Dada la solemnidad de este acto y la prestancia de Ustedes debo advertirles que el texto que viene a continuación puede herir la sensibilidad de algunas personas. Por lo tanto están ustedes a tiempo de abandonar la lectura si así lo desean. Hecha esta advertencia, comienzo.

“LA CIGARRA Y LA HORMIGA”
(Un ejemplo de intertextualidad)
A lo mejor ya conocen la historia. O les suena. El caso es que estaba la hormiga dale que dale, trabajadora como era, acarreando granos de trigo y todo cuanto podía a su hormiguero, sudando la gota gorda porque era pleno verano y hacía un calor que atontaba. Iba y venía la pobre de un lado a otro, con esa seriedad metódica y disciplinada que tienen las hormigas, amontonando provisiones para el invierno. Tan atareada iba, que hasta no tomaba en cuenta a un hormigo que estaba buenísimo y le decía cosas. Adiós, reina mía, cosita, piropeaba el fulano rozándola con las antenas. Quién pudiera abrirte las siete patas a la vez. Y ella, cargada con su grano de trigo o su hojita de perejil, no se daba por enterada y seguía en lo suyo, obsesionada con aprovisionar la despensa, que luego viene el invierno y pasa lo que pasa.
Cada día la hormiga pasaba por delante de una cigarra que tenía un cinismo que espantaba, todo el rato tirada debajo de una mata de romero, acompañándose con la guitarra mientras cantaba canciones de Alejandro Zanz y cosas así. “Quién te va a curar el corazón partío”, decía la muy canalla, burlándose de la pobre hormiga cuando ésta pasaba cerca. A veces, cuando se había fumado un pito e iba volá, la cigarra llega incluso a increpar a la hormiga. “Adiós, esclava del trabajo, le decía la muy perra. Que no paras. Otras veces se despelotaba de la risa, y le tiraba tallas a la hormiga, más que nada por joder, y le decía “ándate por la sombrita”, sudorosa, que trabajas más que un buey. Hay que ser tonta para andar de arriba abajo con el calor que hace.
La hormiga, claro, se ponía de una mala leche espantosa. A veces se paraba y amenazaba con el puño a la cigarra. Vete a mamársela a alguien, decía. Y respondía la cigarra: pues claro, me voy, ya que tú no tienes tiempo. Otras pasaba de largo rechinando los dientes, o lo que tengan las hormigas en la boca. Ya vendrá el invierno, mascullaba encorvada bajo el peso de su carga. Ya vendrá el invierno, hijaputa, y te vas a enterar de lo que vale un peine. Tú canta, canta. Que el que mucho ríe… Pero la cigarra se despelotaba de la risa.
Total, que llegó el invierno y como se veía venir cayó una nevada de proporciones. Y la hormiga se frotaba las manos en su hormiguero, calentito, junto a la estufa, y contemplaba la despensa llena. Y pensaba: ahora vendrá esa chocholoco pidiendo auxilio, muerta de hambre y de frío. Ahora vendrá haciéndome el numerito para que me compadezca. Pero conmigo falló. Ya llegará a tocar mi puerta como que hay Dios.
Y entonces, estando la hormiga en bata y zapatillas, con la tele puesta viendo “Rojo, Fama contra Fama”, suena el timbre de la puerta. Y la hormiga se levanta despacio, frotándose las manos. Ahí está esa cerda, piensa. Tiesa de hambre y de frío. A ver si le quedan ganas de cantar ahora. El caso es que abre la puerta, y cuál no sería su sorpresa cuando se encuentra en el umbral a la cigarra vestida con un abrigo de visón que te cagas, y con un Rolls Royce esperándola en la calle.
-He venido a despedirme –anuncia la cigarra-. Porque mientras tú trabajabas, yo me ligué a un grillo el descueve que está podrido en plata. Pero podrido, vieja.
-No te creo –dice la hormiga, estupefacta.
-Te lo juro. Y Manolo (porque el grillo se llama Manolo) me ha comprado un departamento que alucinas, vecina. Y ahora me voy a Londres a grabar un disco.
-No jodas.
-Como te lo cuento. Y luego Manolo me lleva a un crucero por el Mediterráneo, ya sabes: Italia, Turquía, Grecia… Ya te escribiré postales de vez en cuando. Chao.
Y la cigarra se sube el cuello de visón y se larga en el Rolls Royce. Y la hormiga se queda boquiabierta en la puerta. Y luego cierra despacito, y se va meditabunda de vuelta a la estufa y la tele, y se sienta, y mira la despensa, y luego mira otra vez hacia la puerta. Y se acuerda del hormigo del verano, que al final se metió con otra hormiga amiga suya, una tal Matilde. ¡Puchas!, piensa. Se me ha olvidado decirle a la cigarra que, ya que va a Grecia, pregunte si todavía vive allí un tal Esopo. Un señor mayor, que escribe. Y si lo encuentra, que le dé recuerdos de mi parte. A él y a la madre que lo parió.
Recibido de mi amigo José Miguel Cuevas, de sus tantos apuntes de Lenguaje, pues es Profesor de Lenguaje y Comunicación, en Chile.
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